El síndrome de salvador

¿Cuándo una amiga, amigo o cliente, tienen una dificultad o algún problema, te llevas su inquietud y angustia a tu casa? Le das vueltas y vueltas, sufres, sientes impotencia y frustración porque ellos hacen exactamente lo contrario a lo que deberían hacer? Si es así, puede que tengas el síndrome de salvador.

¿Eres esa buena persona que siempre estás dispuesta para los demás?

¿Eres también inteligente, con claridad de ideas, equilibrada y ves los pros y los contras de todo con rapidez?

¿De pequeña solucionabas problemas a tus hermanos e incluso a tus padres?Sufres porque los demás no hacen lo que deben y su vida sigue siendo difícil y llena de dolor,

Si es así, puede que tengas el síndrome de Salvador.

Eres una persona con una clara vocación de servicio, fuerte y segura, esa con la que todos cuentan, incluso admiran.

Pero sufres.

Sufres porque los demás no hacen lo que deben y su vida sigue siendo difícil y llena de dolor, perpetúan una y otra vez aquello que les hace infelices o no hacen aquello que les podría servir para mejorar.

A veces te duele que desprecien o no tengan en cuentas tus esfuerzos, como Sísifo subiendo su piedra hasta la cumbre para luego verla rodar hacia abajo y volverla a subir una y otra vez…

La impotencia, la frustración, la tristeza que puede terminar por abandono, rechazo y hasta rabia hacia aquellos que querías ayudar.

¿Qué hay detrás de todo este comportamiento?

Desde luego unos muy nobles sentimientos, ganas de contribuir al bienestar ajeno.

A la vez, hay un desplazamiento de ti hacia afuera. Es decir, la famosa paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Es normal, es más fácil acoger sentimientos ajenos que los propios y hacer algo por ellos. Está demostrado que realizar actos de bondad despliegan la serotonina y las endorfinas.

Nos gusta sentirnos bien y hacer algo por los otros nos hace sentir estupendamente.

Pero, a estas alturas ya habrás adivinado la trampa: el olvido de ti misma.

Este olvido de una misma tiene otras dos trampas:

  • La soberbia. Disfrazada de altruismo, pero creer que sabes que es lo mejor para los demás es soberbia, por más acertado que sea, por más razones que tengas, nunca tendrás todos los datos que sí tienen las personas a las que quieres y, necesitas, ayudar.
  • Desempoderar a los demás. Tú no crees en ellos, no crees que puedan gestionar adecuadamente su propia vida, por lo que se produce un doble efecto:
    • Defienden su libertad, autonomía y autodeterminación: y lo hacen de cualquier manera, incluso aunque se perjudiquen a sí mismos.
    • Ellos terminan creyéndose impotentes e incapaces de hacer nada bueno para sí mismos.

Al final, a la larga, o no tan larga, lo que tenemos de vuelta es resentimiento, ingratitud, alejamiento, pérdida de conexión.

Los demás creen que estás por encima del bien y del mal, se sienten como débiles mortales y no están cómodos a tu lado. Eres inalcanzable, una diosa. Eres perfecta.

Pero no lo eres, tú lo sabes. Muchas veces necesitas ayuda y nadie se da cuenta. Y otras veces te equivocas y rezas para que nadie se dé cuenta. Escondes tu vulnerabilidad y la necesidad de consuelo, comprensión, escucha. Eres humana. No eres perfecta. Pero pocos lo saben.

¿Quieres seguir ayudando y ayudarte?

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  1. No te ofrezcas a prestar ayuda, espera que te la pidan.
  2. Cuando te pidan ayuda escucha, en silencio, sin opinar ni dar consejos. Deja que quien te habla pueda valorar su situación con la calma y la perspectiva que da una buena escucha. Quizá al terminar de hablar no necesite tu apoyo, ya tenga el suyo propio.
  3. En la conversación, cuando termine de hablar, puedes facilitar que por sí mismo se dé cuenta de los recursos que tiene, no se los digas tú, que los vaya averiguando por sí mismo.
  4. Si tú necesitas ayuda, pídela. No hay nada que genere mayor conexión que mostrar la propia vulnerabilidad. Por supuesto, en entornos controlados no ante cualquiera,  es maravilloso pedir apoyo o comprensión y sentir el calor de otros corazones.
  5. Quizá puedas pedir ayuda a alguna persona que has ayudado mucho, ponerla en situación de ayudarte a ti.

No des por supuesto que los demás son como tú, que se den cuenta, como te das tú, de cuando necesitas ayuda. Ya sé que a ti no hay que pedirte nada, que lo sabes y esperas que los demás hagan lo mismo.

Pero la noticia es que eso no es así, los demás no se van a dar cuenta ¿cómo van a pensar que tú necesitas nada? Recuerda, tú siempre has hecho lo correcto, has velado por los demás, tú vida es estupenda y maravillosa y nadie va a pensar que te hace falta algo.

La humildad es una maravillosa cualidad, firme, segura, facilitadora, posibilitadora, es la otra cara de la soberbia.

Sólo los grandes humildes pueden ser grandes soberbios y sólo los grandes soberbios pueden ser grandes humildes.

Dale la vuelta, mira a tu ojo ¿qué hay en él? Una viga, una astilla, una mota de polvo, una pestaña… Sea lo que sea deberás sacarlo antes de ir a ayudar a los demás. Cuando lo pidan.

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