¿Qué esconde la Navidad?

¿Qué esconde la Navidad?

¿Qué esconde la Navidad? ¿Disfrutas de la fiesta, de la magia y alegría?

Para mí, hablar de Navidad es hablar de tantas emociones que es difícil comenzar, se mueven las que están presentes ahora y las que bailaron antes.

Hoy puede que sea la de la esperanza, porque si la mayor parte de la humanidad seguimos celebrando el nacimiento de un niño, como tú y como yo, que tuvo el valor de ser bueno en una época mucho más dura que la nuestra, algo muy maravilloso se mueve bajo todos nosotros de una manera muy poderosa.

Los ritos, las celebraciones tienen algo de mágico para ayudarnos a trascendernos, a conectar con lo que se mueve más allá de lo material y tangible, a conectar nuestro ser profundo con lo que está fuera de nosotros mismos y a la vez nos pertenece a todos y únicamente podemos pre-sentir.

El solsticio de invierno tenía importancia ya en el Neolítico, aparece señalado en diferentes monumentos de la época y  parece que era el momento de sacrificar animales para no tener que alimentarlos durante el invierno, disfrutando por ello de carne fresca y de las libaciones de las bebidas fermentadas tras las cosechas del otoño. Esta tradición de una manera y otra fue recogida por casi todas las culturas, donde el compartir, el servir a quien no tenía y hacer regalos eran parte de las referencias para la convivencia y la supervivencia del grupo durante el resto del año.

La importancia del solsticio de invierno se perpetúa haciéndolo coincidir el nacimiento de los dioses solares que, a su vez, acoge el cristianismo para datar la fecha del nacimiento de Jesús.

Sin embargo Jesús fue un niño de verdad, como tú y como yo, no nació divino (en términos míticos) y seguramente no nació en diciembre, ni siquiera en invierno, a diferencia de los dioses solares él fue absolutamente humano y ese, para mí, es su enorme poder, llevó a la plenitud y a la perfección su humanidad ¿no es eso algo absolutamente divino? El misterio y el poder de Jesús, mostrarnos que la esperanza que todo recién nacido porta puede realizarse en el adulto que será.

Así que no os hablaré de mi época Grinch, cuando veía falsedad en cada celebración, encuentro y buenos deseos, me escabullía de cualquier copa, cena o comida de empresa a la que me tocara ir… A veces, más de un año, enfermaba bien Nochebuena, bien Fin de Año, bien en ambas fechas. Así que para mí el camino hacia la entrañable y dulce Navidad no fue fácil.

Esta época, de la que no os hablaré, comienza a los 13 años más o menos y se perpetúa hasta los treinta y muchos, sólo disfrutaba de la comida de Navidad en casa de mis abuelos y, más tarde, de la copa con mi amiga Cris antes de la cena de Nochebuena, nada más.

Como veis es demasiado tiempo para vivir en una especie de enfurruñamiento sarcástico que dura cerca de un mes e inevitablemente, se repite año tras año tras año…

Así que decidí, no sé muy bien cuando, dejar de resistirme y mirar la celebración esencial, a ese niño chiquitito que está en la cuna, como dice el villancico, que nos recuerda cada año que nosotros fuimos y somos niños, porque esa es la mirada que limpia la Navidad, la de la niña que fui y que sigo siendo, porque solo los niños (y la Navidad nos ofrece la ocasión de serlo) pueden entrar en el Reino de los Cielos, ese Reino que no está fuera, ese Reino está dentro de ti, está aquí y ahora y nuestra celebración nos lo recuerda cada año.

Si lo pienso un poco, seguro que está conectado con el nacimiento de mi hijo, para que él creyera yo tenía que creer, y quien conoce el qué encuentra el como, y volví a ser niña, escribir la carta a los Reyes, contarles lo buena que había sido durante el año y pedirles cosas, unas más fáciles y otras no tanto…a veces se han retrasado en traerme lo que he pedido, pero no puedo quejarme de Melchor y sus pajes.

Y aunque puedo ser niña a la vez he vivido y he perdido a personas muy importantes para mí, algunas definitivamente, otras por circunstancias de la vida y a otras por dificultades serias de convivencia, y estas fechas les hacen muy presentes, pocas celebraciones ponen de manifiesto los cambios y el dolor que ello nos provoca.

En mi caso muy poco antes de Navidad se fueron mi abuelo, mi padre y mi amiga Cristina, con ella celebré cada año la Nochebuena desde los 17 años hasta los 47, siempre encontrábamos la manera de vernos antes de la cena, como os he contado era uno de los mejores momentos de la Navidad de mi época Grinch, pero sigo brindando con ella por la Navidad y por tantas cosas que nos unen y que, ahora sé, nada puede romper.

Y me gusta este sentimiento agridulce de añoranza porque los ausentes se hacen mucho más presentes en estas fechas, y es cierto que la tristeza es parte del peaje que hay que pagar, pero merece la pena por tenerles tan vivos en mi corazón. Es maravilloso seguir sintiendo a mi abuela presidiendo la comida de Navidad, después de haberse ido para siempre hace más de 25 años,  que gran labor la de mi tía Rosa por continuar con ese legado (y trabajazo)

Y no nos olvidemos, hay amigas y amigos, hijos, hijas, hijastros e hijastras que vuelven a casa por Navidad desde lejanos lugares…¡fiesta, fiesta y fiesta!

En fin, que ahora celebro el nacimiento del Amor en la Nochebuena, porque en él vivo, me muevo y existo, veo que hay verdad en los buenos deseos que nos ofrecemos los unos a los otros y que el brillo de la fiesta y la magia de los niños nos tocan de una manera u otra a casi todos

Desde mi época sarcástica hasta la presente, he obtenido tantas pruebas irrefutables del poder de la magia de la Navidad, que no puedo más que recomendar que os zambulláis en este vertiginoso torbellino con el corazón abierto a sus hermosos y maravillosos mensajes.

Disfrutad mucho más de todas esas aparentes obligaciones que nos creamos porque a medida que encontramos el autentico sentido de la Navidad elegimos, con la libertad de un adulto y la ligereza de un niño, con compartirlas.

Que la magia de la Navidad te acompañe cada día, esa es su magia,

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